Mientras, en el cielo, hay un descanso eterno, así también, en el cielo, hay una obra eterna que hacer. Y por lo tanto, deberían acostumbrarse a esa labor, mientras estén aquí en la tierra. Si la felicidad, de acuerdo a la noción del filósofo, consiste en la actividad; entonces en el cielo, donde existe la perfecta felicidad, debe haber la actividad más perfecta. Y, por lo tanto, de lo que se ha hablado sobre el descanso que queda, aún no es así como lo concibes, ya que posiblemente algunos, lo suficientemente ineptos son convenientes para desear e imaginarse a sí mismos como si en el cielo, los benditos estuvieran inactivos y disfrutaran allí solo unas largas vacaciones, y solo se relajaran en ese banco florido, tan vacíos de preocupaciones y miedos, arrullados en la eternidad.

No, son prejuicios brutales demasiado deficientes para la gloria de ese lugar. Ese descanso, que es de esperar y disfrutar, es operativo, obrar en el descanso, es tanto descanso como ejercicio al mismo tiempo, y, por lo tanto, es una verdadera paradoja; aunque los santos descansan de su trabajo en el cielo, nunca descansan de su obra; continuamente están bendiciendo y alabando a Dios, atribuyendo gloria, honor y poder al que está sentado en el trono, y al Cordero por siempre jamás. Siempre están contemplando, admirando, y adorando a Dios, ardiendo de amor el uno por el otro, y regocijándose mutuamente en Dios y en los demás.

Y esta es la obra de ese descanso eterno, un quehacer que nunca debe ser interrumpido, ni cesar. Por lo tanto, vale la pena observar que ambos lugares, los cuales hablan principalmente del futuro descanso del pueblo de Dios, también tienen una obra estrecha en ese descanso. Entonces, el Apóstol de los Hebreos nos dice “Queda un reposo para el pueblo de Dios” (Hebreos 4:9). La palabra significa “Queda un “Sabbath” (día de reposo) para el pueblo de Dios”. Mire como usted emplea un “Sabbath” (día de reposo); tal será su labor en el descanso eterno. ¿No es su labor en un día de reposo, elevar tus pensamientos y afectos al cielo, fijarlos y terminarlos con Dios, mantener comunión con él, admirarlo en todas sus obras, tanto de gracia como de providencia, para despertar sus propios corazones y para avivar los corazones de los demás para alabarlo y adorarlo? Porque ésta, será la obra de tu día de reposo eterno. Y, cuando en cualquier momento eres elevado a una espiritualidad extraordinaria en éstas cosas, entonces puedes hacerte una idea de cuál será tu labor en el cielo, y cuál será la armadura de tu corazón en el descanso eterno.

Y ese otro lugar, en el Apocalipsis: “Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu, descansarán de sus trabajos, porque sus obras con ellos siguen” (Apocalipsis 14:13)


Traducción: Sarahi Canche

Sobre El Autor

Ezekiel Hopkins (1633-1690), nació alrededor del año 1633, en Sandford, Devon, de donde su padre fue ministro. La fecha precisa de su nacimiento no se ha determinado. En 1649, fue enviado a Oxford y se convirtió en Corista en el Magdalen College. Habiendo tomado su grado de B.A. en 1653, y el de M.A. en 1656, el Colegio lo eligió capellán. Después de realizar los deberes de esa oficina de una manera piadosa y estudiosa durante cuatro años, fue a Londres, donde pronto se celebró como un predicador elocuente; durante algún tiempo ayudó al Dr. William Spurstowe de St. John's, Hackney.

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