Proverbios 31:28-30
Se levantan sus hijos y la llaman bienaventurada; Y su marido también la alaba: Muchas mujeres hicieron el bien; Mas tú sobrepasas a todas. Engañosa es la gracia, y vana la hermosura; La mujer que teme a Jehová, ésa será alabada.

La mujer virtuosa obviamente está favoreciendo su propio interés. Porque, ¿Qmás grande felicidad terrenal, podría ella conocer que la reverencia de sus hijos, y la bendición de su marido? Podemos describir nosotros mismos su condición como coronada con años; sus hijos adultos; quizá ellos mismos ya rodeados con familias, e intentando preparar a sus familias, como ellos mismos han sido enseñados. Su madre está constantemente ante sus ojos. Su orientación tierna, sus consejos sabios, su disciplina amorosa, su ejemplo santo, son vidamente guardados en la memoria; y ellos no cesan de llamarla bienaventurada, y de bendecir al Señor por ella, como su invaluable regalo. Y no menos afectuosamente le dedica su esposo alabanza. Su cariño a ella fue fundamentado, no sobre el falso y vano encanto de la belleza, sino sobre el temor a Dios.

Ella es por lo tanto en los ojos de su esposo, el soporte de sus últimos años de vida, la pacificadora de sus preocupaciones, la consejera de sus perplejidades, la consoladora de sus tristezas, el sol resplandeciente de su gozo terrenal. Ambos, sus hijos y su esposo combinados en un agradecido reconocimiento, por sus méritos, entre tantas virtudes de abundante devoción a Dios, tierna compasión hacia la miseria, afecto maternal hacia los siervos, amabilidad servicial incluso hacia los amigos, dulce comportamiento e inofensivas intenciones hacia todos,remedio contra la tristeza y el temor. Muchas mujeres hicieron el bien; Mas tú sobrepasas a todas. Pero,¿Por qué́ —puede ser preguntado— las referencias externas no forman parte de esta descripción? Todo lo que es descrito es sólido por excelencia; mas engañosa es la gracia.

Una apariencia y aspecto elegante frecuentemente termina en una decepción, más amarga que las palabras puedan contar. Muchas veces se equipan de una funda para cubrir la más vil corrupción (2 Samuel 14:25; 15:26) y luego la belleza — ¡Qué deteriorada vanidad es! (1 Pedro 1:24) con un solo ataque de enfermedad o mal, la belleza se deshace rápidamente (Salmos 39:11). La tristeza y la preocupación marchita sus encantos (Génesis 29:17; 30:1­2) e incluso, mientras permanece, aun así́ está poco conectada con la felicidad (Ester 1:11,12,19). La belleza demuestra en sí misma la ocasión fructífera de la molestia (Proverbios 6:25-26; Génesis 12:11; 2 Samuel 11:2; 13:1). La fuente de muchas dañinas tentaciones y trampas; (Proverbios 11:22) sin principio substancial, una mente de buen juicio, la belleza vendría a ser más un objeto de disgusto en lugar de atracción (Proverbios 31:10,30).

La descripción, escrita por inspiración Divina, empieza con el contacto de una mujer virtuosa, y completa el bosquejo con el rasgo distintivo  de una mujer que teme al Señor (Mateo 7:17) por los rasgos preciosos descritos —su fidelidad a su esposo; sus activos hábitos personales; su buen manejo y diligencia en su familia; su consideración para las necesidades y comodidades de otros, su vigilancia de conducta; su ternura por el pobre y afligido; su proceder amable y cortés hacia todos— esta plenitud de carácter y gracia solo podría fluir de esa virtud, la cual es identificada con la vital piedad. El carácter y la gracia son el buen fruto, demuestran que el árbol es bueno (Rut 3:11; Hechos 9:39; 1 Timoteo 5:10,25).  Es tal el fruto, que fluye de un principio correcto, que la corrupta acción natural del hombre nunca podría producir.

La mujer virtuosa no busca la alabanza del hombre. Contenta con ser reconocida y amada dentro de su propia familia, ella nunca se impone a sí misma hacia la atención. Pero al igual como una bendición pública, ella no puede esconderse (Proverbios 10:7)

Y si ella no tiene ningún heraldo para hacer sonar su alabanza, todos dirán: “Dadle del fruto de sus manos, Y alábenle en las puertas sus hechos. “ Dice el obispo Patrick: ‘Deja a todos exaltar su virtud; déjala, aunque no quiera la justa alabanza de su labor piadosa. Pero mientras algunos están magnificados por la nobleza de sus acciones, de donde ellas surgieron, otros por su riqueza, otros por su hermosura, y otros por otras cosas, deja que las buenas obras, que ella misma ha hecho, sean alabadas públicamente en las grandes asambleas; en donde, si todos los hombres estarían en silencio, sus propias obras le declararían a ella su excelente mérito (1 Timoteo 5:10) añadido a esto —como sus obras la alaban en las puertas, así́ sus obras le seguirán. “La memoria del justo será́ bendita”. (Génesis 6:2­7)

Si esta imagen es vista como una exhibición de la piedad, observamos que la religión no disminuye la consideración a los deberes temporales. La religión más bien retrata a una mujer escrupulosamente exacta en todas sus obligaciones del hogar, en cada cosa dentro de su provincia (o área); cuidadosa de no traer reproche sobre su santa profesión por su negligencia. ¿Por qué́ ella debería ser despreocupada o descuidada, poniendo sus deberes importantes fuera de tiempo, fuera de lugar? De ella se espera especialmente, como la recapitulación de todos sus ejercicios prácticos, que “diligentemente ha practicado toda buena obra.”

Cuán valiosa también es esta imagen, como un directorio para la elección del matrimonio. Deja a la virtud —no a la belleza— ser el objeto primario. Frente a la vanidad de la belleza, a la verdadera felicidad conectada con una mujer que teme al Señor. La elección externa fue la causa de la destrucción del mundo.

La elección piadosa es uniformemente estampada con el sello de la aceptación Divina. En fin —“Si las mujeres’— dice el obispo Pilkington —aprendieran de lo que Dios les atormentará, y cómo, déjales que lean el tercer capítulo del profeta Isaías. Y si ellas aprendieran lo que Dios espera que ellas hagan, y se ocupen de eso, aunque ellas sean de la mejor clase, déjalas que lean el último capítulo de Proverbios. Es suficiente que lo tengan en cuenta, y señalado para que aprendan”.

Lo último a ser hecho —dice un antiguo Expositor— es marcarlo bien, y que cada mujer se esfuerce en hacer lo mejor que pueda. Deja que todo hombre sea avergonzado, que cualquier mujer le sobrepase en virtud y devoción”.

Por el momento’ —dice el piadoso Matthew Henry, en su singular estilo— “está cubierto este espejo para las damas, el cual están deseosas a destapar y vestirse por ellas mismas, y si así́ lo hacen, entre sus adornos encontraremos la alabanza, honra y gloria, en la apariencia de Jesucristo.” 


Traducción: Elioth Fonseca

Edición: Natalia Solorzano 

Sobre El Autor

Charles Bridges (1794–1869) fue un predicador y teólogo en la Iglesia de Inglaterra, y un líder del Partido Evangélico de esa denominación. Como predicador de gran influencia fue considerado por sus contemporáneos , pero hoy es recordado por sus contribuciones literarias. Al menos veinticuatro ediciones de la Exposición del Salmo 119 (1827) de Bridges se publicaron en su vida. C.H Spurgeon consideró que el comentario "valía su peso en oro". Spurgeon también se refirió a la Exposición de Proverbios de Bridges (1840) "El mejor trabajo sobre los Proverbios".

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