La Biblia es nuestro temario, o contenido de nuestra enseñanza profética. No podemos darle a nuestros hijos un mejor o más útil regalo que el conocimiento de las Sagradas Escrituras desde la más tierna edad (2 Tim. 3:15). Debemos leer y explicarles la Escritura al nivel de su propia comprensión. A medida que adquieran la aptitud, deberían de leerla y memorizarla por sí mismos. Necesitamos introducir a nuestros hijos mayores al estudio de Biblias, concordancias, diccionarios, y otras ayudas, y así, debieran participar en explicar la Palabra de Dios a sus hermanos más pequeños.

El libro de los Salmos es de particular importancia en la Escritura. La Biblia dice, “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y [es, por lo tanto] útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia (2 Ti. 3:16).” Estas cuatro características se encuentran en los Salmos en abundancia. También, como cánticos y oraciones (Sal. 72:20), los salmos nos dan dos formas valiosas para enseñar la Palabra de Dios y para aprender de ella, que es, cantándola y orándola. Para hacer esto de una manera más eficaz, las Iglesias Reformadas usan las versiones métricas de los salmos, o traducciones de los salmos en verso al inglés, y de esta manera puedan ser cantadas en el culto público o devoción privado. Parte de nuestra tarea es “contar a la generación venidera las alabanzas del SEÑOR (Sal. 78:4),” para que puedan “cantar alabanzas a Dios… con entendimiento (Sal. 47:6–7).”

Necesitamos introducir a nuestros hijos mayores al estudio de Biblias, concordancias, diccionarios, y otras ayudas, y así, debieran participar en explicar la Palabra de Dios a sus hermanos más pequeños.

Los credos y catecismos son otros instrumentos o métodos valiosos por los cuales podemos comunicar las verdades de la Palabra de Dios a nuestros hijos. Estos documentos proveen definiciones claras y concisas de las doctrinas básicas, y palabras claves en una forma fácilmente de memorizar, para que nuestros hijos puedan guardarlas en sus corazones. Las referencias bíblicas (“textos de prueba”) anclan estas definiciones en la Escritura. Los catecismos no solo enseñan doctrina básica cristiana, sino que también nos muestran cómo vivir conforme a la ley de Dios y cómo orar. Cuando catequizamos a nuestros hijos, ellos aprenden las verdades básicas de la fe y la vida cristiana, y nosotros reforzamos y ahondamos en nuestro propio conocimiento de ellas.

Nuestra palabra en inglés catecismo se deriva de la palabra griega katécheó, que significa “hacer sonar desde arriba,” “informar algo,” o “instruir a alguien.” Por ejemplo, Hechos 18:25 expresa que Apolos, el gran predicador de la era apostólica, “había sido instruido en el camino del Señor.” Lucas escribió su evangelio, “historia [declaraciones] de las cosas que entre nosotros han sido ciertísimas,” por amor al “excelentísimo Teófilo, para que conociera bien la verdad de las cosas en las cuales había sido instruido (Lc. 1:1–4).” Estos versos indican que Apolos y Teófilo habían sido catequizados.

Cuando catequizamos a nuestros hijos, ellos aprenden las verdades básicas de la fe y la vida cristiana, y nosotros reforzamos y ahondamos en nuestro propio conocimiento de ellas.

Con el paso del tiempo, la instrucción básica cristiana, o “catequesis,” se moldeó en la forma de preguntas y respuestas, y esta modalidad sigue utilizándose hoy en día. En el que cuidadosamente un diálogo escrito entre maestro y estudiante, se plantean preguntas y se dan respuestas. Se proporciona la respuesta no para que solamente sea memorizada, sino también para darle al maestro la oportunidad de explicarla. Las citas bíblicas ayudan al maestro y al estudiante a rastrear las fuentes de las respuestas en la Biblia. Se han preparado catecismos específicos para atender a todas las edades, desde los más pequeñitos pasando por todos los niveles de desarrollo hasta la adultez.

Durante la Reforma, particularmente en la era Puritana, los padres sentían esa obligación de catequizar a sus hijos. Casi todo pastor puritano escribía un catecismo o su propia exposición de un catecismo. Las personas en la iglesia usaban esta herramienta para enseñar a sus hijos. A los padres se les aconsejaba catequizar a sus hijos —si todos juntos o de manera individual— alrededor de 45 o 60 minutos al menos una vez a la semana. 

Hoy en día, le hemos delegado en gran manera esta responsabilidad a la iglesia. Al hacerlo, debemos de tener cuidado a no dimitir nuestro mandato personal como padres. Incluso si la iglesia catequiza a nuestros hijos, debemos incorporar tal instrucción en la adoración familiar, por la sencilla razón de asistir en lo que nuestros maestros de la iglesia están haciendo cuando trabajan con nuestros niños.

Encontrar tiempo para catequizar a cada niño por separado tal vez no sea posible, pero tal instrucción puede ser fácilmente incorporada en el culto familiar, en donde los padres pueden hablar de manera natural y abierta con sus hijos acerca de asuntos espirituales. Por lo menos, a cada niño se le debería mandar a decir la porción del catecismo que debía memorizar para la clase de esa semana en la iglesia. A diferencia de la iglesia y las escuelas, en donde los niños pueden sentirse incómodos hablando, el culto familiar les proporciona un lugar de libertad y apoyo en donde pueden hacer preguntas y hacer comentarios propios. Durante el culto familiar, es esencial que tengamos sabiduría paterna no solo para explicar las verdades bíblicas o repasar las respuestas del catecismo, sino para hacer preguntas y alentar a los niños a responder, tomando un enfoque conversacional de las cosas de Dios. Es importante que los niños no siempre se queden en el punto de receptor de las cosas religiosas, sino que aprendan a pensar activamente y comunicar las verdades bíblicas. Necesitamos abrir nuestros corazones a nuestros hijos. Muchas veces los padres descubren que hasta sus hijos más pequeños pueden enseñarles sobre las cosas de Dios (Sal. 8:2).  

Encontrar tiempo para catequizar a cada niño por separado tal vez no sea posible, pero tal instrucción puede ser fácilmente incorporada en el culto familiar, en donde los padres pueden hablar de manera natural y abierta con sus hijos acerca de asuntos espirituales.

Es también importante que nuestros hijos aprendan a orar en voz alta. Si los niños oran en voz alta en la compañía de otros miembros de la familia en edades tempranas, será menos probable que se sientan incómodos haciéndolo cuando crezcan. Orar delante de los padres será natural y no forzado si los padres empiezan la práctica cuando los niños son muy pequeños. A medida que los niños vayan creciendo, deberían volverse más fluidos en la oración. Como con todo lo demás, no debemos esperar o demandar perfección en la forma del ejercicio. La verdadera oración es primero que todo una cuestión de lo que está en el corazón.

El objetivo de esta forma de catequizar o enseñar es que, en un ciclo de uno o dos años, los padres hacen un viaje con sus familias a través del campo entero de la verdad bíblica. Luego empiezan de nuevo. Para cuando los hijos dejen el hogar, habrán hecho este viaje muchas veces, y serán más propensos a incorporar tal enseñanza en sus hogares. Con suerte, establecerán un patrón similar con sus hijos y, en fidelidad al pacto de Dios, esta práctica del culto familiar continuará de generación en generación (Sal. 34:11-15; 44:1; 71:17–18; 78:4-8; 145:4).

Recuerda, como en todas las cosas, que debemos añadir el poder de la oración a la labor de catequizar a nuestros hijos. No es suficiente para nosotros clavar verdades en sus cabezas. El propósito es llegar a sus conciencias con convicción, inclinar sus corazones para que abracen la enseñanza bíblica con verdadera fe, y despertar en nuestros hijos el deseo de producir el fruto de ella en sus vidas. Asimismo, jamás enseñaremos con verdadera eficacia el catecismo si primero no nos preparamos para hacerlo, meditando en las verdades que hay que enseñar y buscando obtener sus frutos en nuestras vidas, antes que nada. Para esto, necesitamos la ayuda de Cristo, obrando en nosotros y en nuestros hijos por Su Palabra y Santo Espíritu. 

Dios nos ha dado un maravilloso medio de gracia en cuanto a catequizar a nuestros hijos. Si, necesitamos disciplina y diligencia para hacerlo, pero cuando perseveramos, las recompensas son dulces. No se den por vencidos si no ven un progreso inmediato en la espiritualidad de sus hijos. La Biblia dice, “Instruye al niño en su camino, Y aun cuando fuere viejo no se apartará de él (Prov. 22:6).” Planta la semilla una y otra vez. Busca fruto, pero comprende que las flores no aparecen de la noche a la mañana. “Nuestro trabajo es plantar la semilla; el resultado le pertenece al Señor.”

 

Fuente: Ligonier, extracto tomado del libro de Joel Beeke “Parenting by God’s Promises.”
Traducción: Elioth Fonseca

Sobre El Autor

Joel R. Beeke es un pastor y teólogo cristiano estadounidense. Es ministro de la Congregación Reformada del Patrimonio en Grand Rapids, Michigan, y Presidente del Seminario Teológico Reformado Puritano, donde también es profesor de Teología Sistemática y Homilética.

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