“¿Por qué nosotros no pudimos echarlo fuera? Jesús les dijo: Por vuestra poca fe”.
—Mateo 17:19–20*

Querido Señor, mira otro pobre y débil discípulo que viene a Ti, esta mañana, con la misma penosa pregunta. He tratado de vivir para Ti, y de trabajar para Ti, con un sincero propósito procurando bendecir a otros en tu nombre; sin embargo, ¡qué notables, a veces, han sido mis fracasos!

Señor, ¿por qué no pude yo vencer el pecado que con tanta facilidad me acosaba? ¿Por qué no pude yo vigilar las afiladas palabras de mi lengua y subyugar las feroces olas de ira en mi corazón? ¿Por qué no puedo yo caminar siempre tan cerca de Ti que toda mi vida esté bajo tu dulce control y cada pensamiento, y cada obra y cada palabra sean santificados por tu consentimiento y aprobación? ¿Por qué no tengo yo el poder de influir en otros y atraerlos a tus preciosos pies para que puedan encontrar en Ti, como yo he hecho, un pronto auxilio en la tribulación (cf. Sal. 46:1)?

Señor, sé que tu respuesta para mí será la misma que para tus primeros discípulos. Tristemente, Tú dijiste: “Por vuestra poca fe”. ¡Qué humillante revelación comunican esas palabras! Alma mía, hace muy poco tiempo que tocaste las alegres campanas de la fe de modo triunfal. ¿Acaso ha perdido ya tu mano derecha su destreza? ¿Ha detenido la malvada incredulidad, que sigue estando dentro de ti, la gloriosa música que tu fe estaba haciendo, y ha transformado la bendita afirmación “¡Cómo no nos dará!” (Ro. 8:32) en una pregunta de queja e incredulidad: “¿Cómo nos dará?”? Satanás se ha burlado de ti con tu indignidad, ¿pero crees que tu desmerecimiento podría suspender la mano de bendición que “ha dado a su Hijo unigénito” (Jn. 3:16), o anular el pacto de gracia del cual Él fue hecho “las arras” (Ef. 1:14) en los días de antaño?

Señor, es demasiado cierto que mi fe muchas veces está atrapada por los grilletes de la incredulidad, y sus alas están cortadas, de manera que solamente puede intentar dolorosamente volar hacia el Cielo. Sé que ese es el motivo secreto de muchas oraciones sin respuesta y muchos fracasos en el servicio y en una vida de santidad. En este momento me acerco a Ti con tanta necesidad de sanidad espiritual como la que tenía aquel pobre muchacho lunático de ser liberado de la posesión demoníaca (cf. Mt. 17:14–20). Echa fuera toda maldad, Señor, y manifiesta en mí “cuál [es] la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos” (Ef. 1:19). Tú eres el autor y el consumador de la fe (cf. He. 12:2); dótame abundantemente de esta gracia viva, aparta toda duda y desconfianza de mi corazón para que la fe pueda siempre regocijarse, siempre vencer, ¡siempre darte gloria a Ti! “Creo; ayuda mi incredulidad” (Mr. 9:24).

Traducido originalmente del inglés

Sobre El Autor

Susannah Spurgeon siempre será recordada como la fiel esposa y fuente de ánimo para el gran predicador Charles Haddon Spurgeon, ella se merece el reconocimiento de la Iglesia Cristiana por sus propios méritos además por financiar libros teológicos para ministros y pastores que no tenían recursos para comprarlos. Nació el 15 de enero de 1832 y murió en 1903.

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